Jorge Porras Olmedo

 
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Lunes 21 de Abril de 2008 21:27

Cabeza de dragón

Juan Carlos Morales Mejía
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Los sitios mejor iluminados estaban reservados para los anticuarios, los miniaturistas más expertos, los rubricantes y los copistas. En la mesa había todo lo necesario para ilustrar y copiar: cuernos con tinta, plumas finas, que algunos monjes estaban afinando con cuchillos muy delgados, piedra pómez para alisar el pergamino...

El nombre de la rosa, Umberto Eco

Al igual que Adso de Melk -cuando llega al scriptorium de la abadía- no hay como dejar de conmoverse ante las miniaturas de Jorge Porras y no solamente porque nos remite a esa Edad Media plagada de dragones en la oscuridad, sino ante ese prodigio que son estas mínimas obras de arte, exactamente en un tiempo donde el gótico entraba cabalgando desde parajes sombríos.

Pero el trabajo de este artista no está en reproducir el Ezequiel y Jeremías, de Matteo Giovanetti, sino en crear un bestiario personal de seres fantásticos, para un libro iluminado que es parte de una obra donde el retorno a la magia es ineludible. La obra evoca al Breviario de Belleville, de Jean Pucelle (1334), donde se incorpora en los márgenes un espléndido bestiario de formas que atrapan dragones. Más allá de los salterios está esa evocación por la fantasía, más allá de esa visión pedagógica y decorativa de lo gótico está precisamente que los dragones vuelen de los márgenes al centro, para aletear libremente desde esa propuesta de volúmenes planos no exentos de un resplandor de luz.

Están allí presentes esos colores intensos de oro y sangre; esa tenue atmósfera que trae la brea y el óleo, pero también esa antiquísima destreza de las formas y de los secretos de la alquimia, donde el uso de la tabla o el pan de oro no son únicamente artificios sino que se incluyen en ese tiempo que el artista quiere transmitir. Y, de manera especial, la sospecha de que estamos frente a un antiguo monje que –olvidado en el scriptorium- sigue, como devela la novela de Eco, jugando con los seres profanos, mientras afuera continúa el vértigo de un mundo caminando en las tinieblas. Como una suerte de demiurgo que trata de ordenar el caos, habitado por personajes imaginarios que pueblan sus días.

Por eso aparecen centauros, hipogrifos, develadas mandrágoras, salamandras, equinos púrpuras, damas con felinos, collares de perlas, ojos despóticos... un bestiario de iluminaciones que aunque evocan lo gótico han cabalgado en muchas simbologías para llegar hasta estos días, que creemos que es el siglo XXI, simplemente porque el retorno del mito es tan necesario como el cercenamiento de esos dioses que habitan en las modernas catedrales de la modernidad, donde el neón y las vitrinas de oropel han sustituido a la contemplación y a la magia.

Ultima actualización ( Jueves 10 de Julio de 2008 17:42 )
 

Jorge Porras Olmedo

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